Questões de Concurso
Sobre interpretação de texto | comprensión de lectura em espanhol
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“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor… Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.”.
Adaptado de: CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Madrid: Real Academia Española, 2004.
En el fragmento anterior, se describe a Don Quijote. Las expresiones “seco de carne” y “enjuto de rostro” podrían ser sustituidas por uno adjetivo solamente. ¿Cuál?
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
(__)Realización de una actividad de dramatización grupal en la que se imiten los diferentes acentos existentes en los países de habla hispana.
(__)Analizar y resumir artículos acerca de la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en la América Latina de habla hispana, vinculándolos con las condiciones socio-raciales de las diversas realidades regionales en cada país.
(__)Lectura de un reporte en español, en el que se discute la desigualdad salarial entre géneros, clases y etnias.
Seleccione la alternativa que presenta la secuencia correcta:
Complete el siguiente fragmento de la novela El cuaderno de Maya, de la escritora chilena Isabel Allende, con las preposiciones adecuadas para que el texto sea coherente y gramaticalmente correcto:
"... y luego seguimos _____ varias horas más _____ un embarcadero elemental, donde pudimos desentumecer los huesos y comprar empanadas _____ queso y mariscos _____ unas mujeres vestidas _____ batas _____ enfermeras."
Seleccione la alternativa que presenta la secuencia correcta:
Con relación a los trechos destacados en negrita, seleccione la alternativa correcta:
"No por tanto madrugar amanece temprano
No quieras tapar el Sol con una mano
Yo por eso sigo trabajando
Y el que anda con lobos, aullar se está enseñando.
Vale más pedir perdón que pedir permiso
Me metí hasta la cocina, sin previo aviso
A fuerza, ni los zapatos entran
Y un árbol torcido jamás se endereza"
Fuente: Refranes (part. Joaquin Medina). Natael Cano. Letras. https://www.letras.com/natanael-cano/refranes-part-joaquin-medina/. Acceso: 10 abril 2026.
Relacione la expresión idiomática de la primera columna con su significado en la segunda:
Primera columna: Expresión Idiomática
1.Y el que anda con lobos, aullar se está enseñando.
2.Me metí hasta la cocina, sin previo aviso.
3.A fuerza, ni los zapatos entran.
Segunda columna: Significado
(__)Las cosas hechas a la fuerza o con violencia no tienen buenos resultados. Con diálogo las acciones fluyen, mientras que el autoritarismo bloquea.
(__)Quien convive o se relaciona con personas de malas costumbres termina aprendiendo o imitando esas conductas.
(__)Entrometerse en un asunto ajeno con demasiada familiaridad, siendo en algunos casos impertinente.
Seleccione la alternativa que presenta la asociación correcta entre las columnas:
El texto a continuación carece de los acentos gráficos:
La imagen de la Tierra vista desde el espacio refuerza la percepcion del planeta como un organismo vivo, tal como suponian los presocraticos, los amerindios y algunos cientificos como Humboldt, Vernadsky y el duo que formulo la teoria de Gaia, James Lovelock y la cientifica Lynn Margulis. La vida es la principal fuerza geologica en accion sobre la Tierra, que funciona como un superorganismo autorregulable, con partes interconectadas e independientes.
Fragmento de: Scarano FR. 2023. El lenguaje de Gaia. Cuadernos Selvagem. Biosfera: Dantes. Disponible en: https://selvagemciclo.org.br/. Acceso: 11 abr. 2026.
Seleccione la opción que representa correctamente todas las palabras que deberían presentar acento gráfico, de acuerdo con las reglas ortográficas del español:
Adaptado de: CVC (Centro Virtual Cervantes) 2026. Enfoque por tareas. En: Diccionario de términos clave de ELE. Disponible en:
https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/diccio_ele/diccionario /enfoquetareas.htm. Acceso: 8 abril 2026.
Seleccione la alternativa que presenta la secuencia correcta para completar las lagunas:
Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. En este enunciado, el conector sino establece una relación de rectificación entre dos ideas contrapuestas, sustituyendo la primera por la segunda. Seftale el equivalente MÁS ADECUADO de este conector en portugués, manteniendo el mismo valor semántico y funcional.
(1ª parte): Cuando el autor afirma que la confianza del vísitdnte es frágil, sugiere que el públíco carece de formacíón suficiente para interpretar contenidos histórÍcos complejos.
(2ª parte): El autor sostiene que el museo debe mantener una función de conocimiento más que de persuasión.
Se puede afirmar que:
I. El texto advierte sobre el riesgo de que los museos se conviertan en instrumentos de intervención narrativa.
II. El autor propone que los museos deben priorizar una versión épica y cohesionada de la historia.
III. Un museo que enseõa expone tensiones y múltiples perspectivas sobre los hechos históricos.
Es CORRECTO lo que se afirma en:
I. La tesis central del texto sostiene que los museos históricos deben privilegiar una pluralidad irrestricta de voces, aun a costa de la coherencia de la exposición.
II. La oposición conceptual predominante en el texto se articula en torno a la tensión entre memoria y olvido como ejes explicativos del conflicto museográÍico.
En relación con las afirmaciones, se puede afirmar que:
Adaptado de: lanacion.com.arlpropiedades/casas-y-departamentos/la
insolita-decision-que-tomo-una-familia-para-que-puedan-vivir juntas,
cuatro-generaciones-nid 1 8042026/