Questões de Concurso
Sobre interpretação de texto | comprensión de lectura em espanhol
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I. La viñeta sugiere que en el siglo XXI la desconexión digital ya no ocurre de forma natural, sino que requiere un esfuerzo consciente y la elección de espacios físicos específicos para poder experimentar el silencio virtual.
II. El texto denuncia implícitamente cómo el entorno virtual ha colonizado casi la totalidad del tiempo y de la atención humana en la sociedad contemporánea.
III. La viñeta celebra el éxito de internet como el canal definitivo que ha logrado conectar de manera perfecta y sin efectos secundarios a toda la humanidad.
Es CORRECTO lo que se afirma en:

I - Dentro de la perspectiva interactiva, el modelo ascendente utiliza los conocimientos previos y el contexto para predecir y comprender el texto. Ya, el modelo descendente decodifica las letras y palabras para construir el significado.
II - La lectura ascendente y descendente son dos enfoques cognitivos opuestos que se utilizan simultáneamente para procesar y comprender un texto. La lectura ascendente extrae significado del texto y la lectura descendente atribuye significado al texto.
III - La perspectiva interactiva de lectura utiliza tanto las habilidades de decodificación de las letras y palabras para construir el significado global como el conocimiento previo del lector a fin de establecer las anticipaciones previas y comprender el texto.
Marca la opción correcta:
El español en el mundo El español, también conocido como castellano por su origen en la provincia de Castilla, es una de las lenguas más habladas actualmente. Según estudios realizados en los últimos años por importantes instituciones encargadas de la enseñanza del español, el idioma es hablado o estudiado por más de 500 millones de personas en todo el mundo, entre las cuales más de 450 millones lo dominan plenamente, más de 50 millones lo hablan con alguna limitación y cerca de 20 millones están en proceso de aprendizaje. De acuerdo con esos datos, la lengua de Cervantes reina detrás del mandarín y, por primera vez, por delante del inglés, alcanzando el rango de segunda lengua franca en el mundo. Es decir, el 67% de la población mundial es ya hispanohablante.
Según el texto, podemos afirmar que lengua franca es:
¿Dónde puedo encontrar textos para trabajar con herramientas digitales? Búsqueda y utilización de corpus existentes y bases de datos en las literaturas en español
Este capítulo propone explorar los corpus que otros investigadores/as han creado, lo que permite familiarizarse con la búsqueda bibliográfica y la recopilación de textos y evitar repetir trabajo que otras personas han hecho antes. El capítulo también aborda los problemas comunes en la búsqueda de textos digitalizados, como la falta de adaptación a los estándares y formatos necesarios para el análisis digital, la baja calidad de los escaneos o la dificultad en la descarga de los textos. Se organiza en torno a cuatro puntos, que incluyen la definición del corpus, los lugares donde buscar textos digitalizados, los formatos y herramientas para trabajar con TXT y sobre la codificación UTF-8 y el cómo pasar de EPUB y MOBI a TXT. […]
ORTUÑO CASANOVA, Rocío. ¿Dónde puedo encontrar textos para trabajar con herramientas digitales? Búsqueda y utilización de corpus existentes y bases de datos en las literaturas en español. Disponível em: https://library.oapen.org/handle/20.500.12657/93698. Acesso em: 22 dez. 2025. [Adaptado].
No texto apresentado, indica-se que os corpus permitem
Otro modo de aprender cultura: teletándem como vehículo de interculturalidad
En el presente trabajo se afronta la relación entre la lengua y la cultura a través de un medio innovador en el aula de español como lengua extranjera: el teletándem. Se sigue, por un lado, a Tylor que postula que los conocimientos sobre cultura y civilización se adquieren por ser miembro de una sociedad, y por ello mismo son de difícil enseñanza, y por otro, se asume el añadido, a las cuatro subcompetencias de Canale, de la competencia sociocultural y la social, señalando como objetivo de los aprendientes de segundas lenguas tener la capacidad de reconocer la validez de otras formas de instaurar, categorizar y expresar su experiencia. Nos remitimos, al mismo tiempo, a las indicaciones del Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas, que incluye la competencia sociocultural entre las competencias generales de la persona y la sitúa fuera de las estrictamente relativas a la lengua considerándola como un aspecto más del conocimiento del mundo. Nuestro objetivo es constatar el interés de los alumnos por la cultura de su compañero de teletándem y comprobar qué temas culturales aparecen en los diálogos que han mantenido con un nativo español, para ello se han analizado las conversaciones grabadas y transcritas por los alumnos que participan en el proyecto Teletándem.
RODRÍGUEZ, María Paz. Otro modo de aprender cultura: teletándem como vehículo de interculturalidad. In: TABOADA-DE-ZÚÑIGA ROMERO, Pilar; BARROS LORENZO, Rocío. Perfiles, factores y contextos en la enseñanza y el aprendizaje de ELE/EL2. Santiago de Compostela: Universidade de Santiago de Compostela, 2020. p. 841-857. Disponível em: https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/29/29_0061.pdf. Acesso em: 21 dez. 2025. [Adaptado].
A autora apresenta um trabalho em que se optou pelo Teletandem, entre os recursos possíveis para a aprendizagem de uma língua estrangeira. Segundo a autora, nessa modalidade de aprendizagem, o aluno pode
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Tal vez el desafío más exigente de nuestras instituciones culturales no sea tomar partido, sino sostener el rigor incluso cuando el tema invita a abandonarlo. En este enunciado, el conector sino establece una relación de rectificación entre dos ideas contrapuestas, sustituyendo la primera por la segunda. Seftale el equivalente MÁS ADECUADO de este conector en portugués, manteniendo el mismo valor semántico y funcional.
(1ª parte): Cuando el autor afirma que la confianza del vísitdnte es frágil, sugiere que el públíco carece de formacíón suficiente para interpretar contenidos histórÍcos complejos.
(2ª parte): El autor sostiene que el museo debe mantener una función de conocimiento más que de persuasión.
Se puede afirmar que:
I. El texto advierte sobre el riesgo de que los museos se conviertan en instrumentos de intervención narrativa.
II. El autor propone que los museos deben priorizar una versión épica y cohesionada de la historia.
III. Un museo que enseõa expone tensiones y múltiples perspectivas sobre los hechos históricos.
Es CORRECTO lo que se afirma en: