Questões de Concurso
Sobre pronomes | pronombres em espanhol
Foram encontradas 342 questões
Vuelves a casa destrozado, con el estómago vacío, porque hoy ni siquiera has tenido tiempo para tomarte tu bocadillo de lomo en la cafetería de la facultad.
Señala la alternativa que reescribe la frase en la segunda persona del plural.

Sobre el uso de los pronombres en el texto, analice las afirmaciones abajo:
I. “Ellos”, en el fragmento del texto “Ellos viajan miles de leguas” (l. 03), tiene como referente la expresión “los emigrantes”, presente en el título del texto.
II. “Les” (l. 07) se refiere a “los fugitivos de la vida imposible” (l. 05).
III. “Les”, en el fragmento “Les han robado su lugar en el mundo” (l. 07), cumple función sintáctica de sujeto.
¿Cuáles están correctas?
Instrucciones: La cuestion se refiere al texto de Alberto Mesas.

(Disponible en: www.elsaltodiario.com/frontera-sur/helena-maleno-muertes-ceuta-estan-haciendole-ganar-mucho-dinero-algunas-personas – Texto adaptado especialmente para este examen).
(__)El orden más habitual de la oración declarativa en español es sujeto, verbo y complementos.
(__)El español admite el sujeto tácito, pues la desinencia verbal indica la persona gramatical, como en 'hablo'.
(__)El orden de las palabras en español es rígido, de modo que invertir el sujeto y el verbo vuelve agramatical la oración.
(__)Los pronombres átonos de objeto se colocan después del verbo conjugado, como en la forma 'veo lo'.
Tras el análisis, señale la alternativa que presenta la secuencia correcta, de arriba hacia abajo:
El leísmo de persona en la norma culta de España
En cuanto a la investigación sincrónica, se pasó una serie de encuestas a 314 estudiantes universitarios de toda España para establecer qué usos favorecían de manera semiconsciente. En concreto, se analizaron el leísmo de persona masculino y en el laísmo, también de persona. Mención aparte merecen el leísmo de femenino de persona general y el caso específico del verbo ‘llamar’ (“La/le llamaban Caperucita Roja”). Los datos obtenidos apuntan a una fuerte presencia del leísmo de persona masculino entre todos los grupos de análisis establecidos y todas las macrorregiones. El de femenino es incipiente entre los hablantes de proveniencia etimológica y considerable entre los referenciales.
FERNÁNDEZ COLLANTES, Javier. El leísmo de persona y el laísmo en la norma culta de España. Disponível em: https://gredos.usal.es/handle/10366/165845?show=full. Acesso em: 22 dez. 2025. [Adaptado].
Na exposição da pesquisa sincrônica realizada, observou-se que entre os entrevistados
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.