Questões de Concurso Público IF-CE 2026 para Professor EBTT - Língua Espanhola
Foram encontradas 60 questões
( ) A ampliação das instituições de educação profissional e tecnológica relaciona-se à atuação do Estado na consolidação de políticas educacionais que articulam escolarização e profissionalização, em perspectiva com a inclusão social.
( ) A Rede Federal de Educação Profissional e Tecnológica é composta por instituições parceiras que são responsáveis pela oferta de educação profissional em todos os níveis no país.
( ) O crescimento das instituições federais de Educação Profissional e Tecnológica em território brasileiro remonta a um modelo educacional com ações político-pedagógicas universais.
1. atividade mediadora;
2. instrutor-monitor;
3. significação humana e social;
4. professor catalisador;
5. prática social; 6. diálogo como método básico;
7. assegura a transmissão de informações;
8. educação centrada no aluno.
São características comuns da tendência pedagógica crítico-social dos conteúdos
I. As políticas e as ações institucionais do Instituto Federal pautam-se no princípio de indissociabilidade, como eixo articulador, que perpassa toda a oferta educacional oportunizada à comunidade.
II. A indissociabilidade entre ensino, pesquisa e extensão na Educação Profissional e Tecnológica encontra-se claramente expressa nos planos educacionais voltados à organização das políticas sociais e econômicas vigentes.
III. O binômio ensino e aprendizagem concretizase na imbricação da indissociabilidade entre ensino, pesquisa, extensão e inovação, por meio de interações e intervenções dos atores envolvidos.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
El sistema de acentuación gráfica en español está constituido por un signo diacrítico, denominado específicamente tilde o, también, acento gráfico u ortográfico. La tilde o acento gráfico consiste, en español, en una rayita oblicua que desciende de derecha a izquierda (‘) y que, colocada sobre una vocal, indica que la sílaba de la que dicha vocal forma parte es tónica: coliBRÍ, ÁRbol, CÓlera.
Considerando esta definición ¿cuál de las siguientes palabras lleva tilde en español?