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El sistema de acentuación gráfica en español está constituido por un signo diacrítico, denominado específicamente tilde o, también, acento gráfico u ortográfico. La tilde o acento gráfico consiste, en español, en una rayita oblicua que desciende de derecha a izquierda (‘) y que, colocada sobre una vocal, indica que la sílaba de la que dicha vocal forma parte es tónica: coliBRÍ, ÁRbol, CÓlera.
Considerando esta definición ¿cuál de las siguientes palabras lleva tilde en español?
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 2
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Fuente: Final de juego, Julio Cortázar, 1956. 1996 Alfaguara.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Texto 1
Cazar, comer y vestir el pez león en Panamá para controlar esta especie invasora
Hace
alrededor de una década, los pescadores del caribe panameño identificaron un
animal inusual en sus redadas diarias: de lejos parecía una flor; de cerca, sus
espinas se asemejaban a una melena. Sin embargo, su aparición llegó de la mano
de la repentina muerte de decenas de otras especies nativas. Así lo recuerda
Marta Machazek de la Unión de Pescadores Artesanales de Bocas del Toro
(Upesabo). Pronto, con ayuda de internet y la experiencia de pescadores vecinos
de Costa Rica, consiguieron identificar el raro espécimen: se trataba de un
depredador, uno tan voraz como bello: el pez león. Una especie originaria del
océano Índico y que desde al menos tres décadas ha venido causando serios líos
en los ecosistemas marítimos del Atlántico y el Caribe americano.
El pez
león (Pterois miles) fue introducido en la región en los años ochenta y es
temido por su naturaleza de depredador rapaz. “Puede reducir las
poblaciones de peces hasta en un 79 % en un plazo de cinco semanas, cazando en
grupos y alimentándose hasta que exterminan todas sus presas en el área. (...)
Y puede estar hasta tres meses sin alimentarse”, explicó a
este diario Keiko Ashida, especialista ambiental del Banco Mundial. Además, el
pez león no tiene un depredador natural, excepto el ser
humano.
Fue
justo en ese detalle en el que se concentraron los pesqueros organizados de
Bocas del Toro, un archipiélago al noroeste de Panamá, donde por años
observaron con frustración cómo sus pargos, jureles o meros eran devorados por
el pez león. “No podíamos quedarnos de manos cruzadas. Empezamos a buscar
mecanismos como, por ejemplo, involucrar al Gobierno para que tomaran acciones.
Mientras, decidimos que si el pez no tiene depredador natural,
pues nosotros lo seríamos”, agrega Machazek.
De esa
forma nació una idea que no solo lograba mantenerlo a raya, sino que también
servía para fortalecer a las comunidades locales: comida gourmet de pez y
accesorios hechos de sus espinas. Luego de asesorarse con comunidades pesqueras
de la región como sus vecinos de Costa Rica —donde desde hace diez años el
control de esta especie se declaró de interés público— o México, se cercioran
de que la carne de pez león es apta para el consumo humano. Lo único venenoso
son sus púas y, si se sazona, es suave y jugoso. Machazek incluso, tímidamente,
dice que le parece mejor que el pargo que se come en la zona.
Y si
bien de entrada no resultó sencillo vender los productos, pues su fama de
venenoso ahuyentaba a la gente, la organización se las ingenió e iniciaron una
campaña de pedagogía con la población local. “Debíamos vencer el temor de la
gente a comerlo. Empezamos con una campaña de degustación, lo procesamos,
fileteamos; la idea era venderlo de manera atractiva”, detalla Ivanía Campbell,
encargada de esa misión. Luego, con los restos de sus aletas, gracias a su
forma y llamativos colores, fabricaron accesorios como aretes y collares.
No se
detuvieron ahí. Insistieron en hacer redadas para capturar los que más
pudiesen, y para que los pescadores se animaran a hacerlo. De hecho, celebran
un torneo de caza anual que, aunque no es una iniciativa nueva en la tarea de
control del pez, en su caso ha sido plenamente autogestionada. De hecho, la
solidaridad y los equipos entre pescadores del Caribe ha jugado un papel
central ante la negligencia estatal para acompañarlos, como cuenta la líder.
“Nosotros
somos vecinos de pesca con Manzanillo, en Costa Rica, y conversando con el
presidente de su asociación allá, y juntos, le apostamos a impulsar un proyecto
grande que no solamente involucrara a nuestras organizaciones, sino que
contemplara otros países afectados”. Así surgió un intercambio que llevó a la
Upesabo a Cozumel, en el Caribe mexicano, que ya tiene un mayor recorrido en el
control de este pez. También se involucraron comunidades de Belice y Honduras.
Los
esfuerzos parecían ir viento en popa, pues lograron un apoyo temporal de la
Alcaldía del municipio de Almirante y de la International Accreditation Forum
(IAF), cuando la pandemia tocó la puerta y el proyecto se detuvo temporalmente.
Aun así, durante esa crisis, el pez león terminó alimentando algunos barrios
vulnerables de Bocas del Toro cuando la comida escaseaba. Los años siguientes,
a medida que el mundo poco a poco superaba aquella crisis, en Bocas del Toro
han ido reactivando las acciones de control. Pero están convencidos de que sus
esfuerzos son insuficientes ante una problemática que requiere mayor atención,
entre otras, por la enorme capacidad de reproducción de esta especie, donde las
hembras están en condiciones de poner millones de huevos.
En una
entrevista con la agencia EFE hace más de una década, el encargado para
entonces de la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) ya advertía
los problemas que puede traer el crecimiento desaforado del pez león. “Estamos
preocupados porque la disminución de los peces en el Caribe va en aumento”,
dijo en ese momento. Asimismo, advirtió que la ARAP no tenía estadísticas sobre
la presencia de esa especie en el caribe panameño. En pleno 2026, el panorama
no ha cambiado, salvo porque la presencia de esta especie ya llegó hasta el mar
Mediterráneo.
En
Panamá, con los múltiples cambios presidenciales, este tema que, gracias a los
reclamos de comunidades pesqueras y activistas ambientales, empezó a estar en
la mesa, quedó al margen, según alerta Campbell. La situación se hizo aún más
compleja recientemente tras la firma de un decreto que cambió la figura de
protección de varias zonas naturales del país, como el Humedal San San Pond Sak
o la Isla Bastimentos, convirtiéndolas en Parques Naturales y creando una serie
de restricciones para la población vecina, en particular, para los pescadores.
Machazek asegura que esta medida fomenta el crecimiento insostenible del pez león y afecta las acciones para contenerlo, impactando no solo su soberanía alimentaria, sino también los arrecifes de coral. Al no poder usar arpón bajo la nueva normativa — la única forma de cazarlo —, el animal se reproduce sin control. Las comunidades dedicadas ancestralmente a esta práctica han pedido que se modifique el decreto por varias razones. Una disputa aún en curso. Entretanto, en la Upesabo sueñan con reunir los recursos que les permitan acondicionar el centro de acopio, construir un cuarto de procesamiento y formarse para reunir las condiciones para comercializarlo con un registro sanitario oficial en supermercados y otros negocios.
Adaptado de
https://elpais.com/america-futura/2026-03-07/cazar-comer-y-vestir-el-pez-leon-en-panama-para-controlar-esta-especie-invasora.html.
Accedido el: 07 mar. 2026.
Fonte: https://www.mds.gov.br
Considerando esse contexto, analise as afirmativas abaixo:
I. As visitas domiciliares compreendem uma ação planejada e sistemática, com metodologia específica, conforme orientações técnicas, para atenção e apoio à família, o fortalecimento de vínculos e o estímulo ao desenvolvimento infantil.
II. A visita domiciliar compreende uma ação estritamente pontual e emergencial, com protocolos clínicos de atendimento, voltada à prestação de cuidados médicos no domicílio para famílias sem acesso à unidade de saúde, ao fornecimento de medicamentos e à coleta de materiais biológicos para exames laboratoriais.
III. A visita domiciliar compreende uma ação administrativa e burocrática, com formulários de controle institucional, voltada à atualização cadastral dos membros da família, à conferência de documentos pessoais e à verificação da composição familiar para fins de concessão de benefícios assistenciais.
É CORRETO o que se afirma em:
O texto seguinte servirá de base para responder à questão
Como chatbot de IA descobriu condição rara de mulher após anos de diagnósticos errados
Um chatbot de inteligência artificial auxiliou uma jovem do País de Gales a identificar uma condição rara de saúde, após anos de diagnósticos equivocados. Aos vinte e três anos, residente na capital galesa, ela relata ter recebido diagnósticos de ansiedade, depressão e epilepsia, além de ter sido advertida de que poderia ser tratada como paciente psiquiátrica caso continuasse a procurar atendimento emergencial.
Após sofrer uma convulsão e permanecer em coma por três dias, ao receber alta hospitalar, decidiu inserir seus sintomas em um sistema de inteligência artificial. A ferramenta apresentou uma lista de possíveis condições, entre elas a paraplegia espástica hereditária. Ao levar essa hipótese ao clínico geral, exames genéticos confirmaram o diagnóstico.
A instituição de saúde responsável declarou lamentar a experiência da paciente. Profissionais da área médica orientam que informações obtidas por meio de ferramentas digitais devem sempre ser discutidas com especialistas, uma vez que estudos indicam que esses sistemas podem fornecer respostas tanto precisas quanto imprecisas, dificultando a avaliação de sua confiabilidade.
A jovem reconhece as dificuldades enfrentadas pelos profissionais no processo diagnóstico, mas afirma que recorreu à tecnologia por se sentir isolada ao longo da experiência. Desde a infância, apresentava dificuldades motoras, tendo nascido com uma alteração no quadril que exigiu cirurgias ainda bebê. Na fase escolar, também apresentava problemas de equilíbrio, sendo investigada para distúrbios de coordenação, hipótese posteriormente descartada.
Aos dezenove anos, sofreu um desmaio seguido de convulsão no ambiente de trabalho, sendo diagnosticada com ansiedade, apesar de não possuir histórico compatível. Anos depois, recebeu diagnóstico de epilepsia e iniciou tratamento medicamentoso. Contudo, em 2024, voltou a apresentar agravamento dos sintomas, com novas convulsões e dificuldade para manter o uso da medicação.
Posteriormente, passou a ter dificuldades para caminhar e recebeu diagnóstico equivocado de uma condição neurológica associada a crises epilépticas, caracterizada por paralisia temporária. Em janeiro de 2025, sofreu uma queda de escada, o que resultou em internação hospitalar por três meses, sem conclusão diagnóstica.
Em julho do mesmo ano, uma nova convulsão grave a deixou em coma por três dias. Após a recuperação, foi informada por um médico de que não apresentava epilepsia, mas sim ansiedade. Diante dessa situação, decidiu recorrer novamente ao chatbot, que sugeriu hipótese correta.
Após refletir sobre a possibilidade, buscou avaliação médica, e o clínico considerou a hipótese plausível. Os exames confirmaram o diagnóstico, trazendo finalmente uma explicação para os sintomas.
Não há dados precisos sobre a incidência dessa condição, em parte devido à dificuldade de diagnóstico. Seus sintomas podem ser manejados com fisioterapia. Atualmente, a jovem utiliza cadeira de rodas e não pode mais exercer sua profissão anterior, voltada ao ensino de alunos com necessidades especiais.
Diante desse novo cenário, decidiu redirecionar sua trajetória profissional, iniciando estudos em psicologia, com o objetivo de continuar contribuindo para o cuidado com outras pessoas.
Especialistas destacam que a prática médica enfrenta o desafio de lidar com amplo volume de conhecimento, especialmente em sistemas de saúde sobrecarregados. Nesse contexto, a participação ativa dos pacientes, trazendo informações e questionamentos, contribui para diagnósticos mais precisos, desde que haja abertura para o diálogo por parte dos profissionais.
Ferramentas de inteligência artificial vêm sendo incorporadas ao cotidiano, inclusive na área da saúde, embora seu uso ainda gere debates. Estudos indicam que esses sistemas podem oferecer orientações inconsistentes, o que representa risco quando utilizados de forma isolada.
Recentemente, foi lançada uma funcionalidade voltada à análise de registros médicos e oferta de respostas mais refinadas, embora não destinada a diagnóstico ou tratamento. Ainda assim, milhões de pessoas utilizam semanalmente esses recursos para obter informações sobre saúde e bem-estar.
Há preocupações quanto ao uso de dados sensíveis, embora as empresas responsáveis afirmem que essas ferramentas foram desenvolvidas para auxiliar, e não substituir, o atendimento médico. Não há previsão clara sobre a expansão desses recursos para outros países.
Enquanto o debate permanece em curso, cresce o número de pessoas que recorrem à inteligência artificial para diversas finalidades, incluindo a busca por orientação em questões de saúde, como ocorreu no caso dessa jovem, cuja experiência evidencia tanto o potencial quanto os limites dessas tecnologias.
https://www.bbc.com/portuguese/articles/c5yvjyzpznko.adaptado.
Assinale a alternativa CORRETA quanto à sintaxe do período apresentado.
O texto seguinte servirá de base para responder à questão
Como chatbot de IA descobriu condição rara de mulher após anos de diagnósticos errados
Um chatbot de inteligência artificial auxiliou uma jovem do País de Gales a identificar uma condição rara de saúde, após anos de diagnósticos equivocados. Aos vinte e três anos, residente na capital galesa, ela relata ter recebido diagnósticos de ansiedade, depressão e epilepsia, além de ter sido advertida de que poderia ser tratada como paciente psiquiátrica caso continuasse a procurar atendimento emergencial.
Após sofrer uma convulsão e permanecer em coma por três dias, ao receber alta hospitalar, decidiu inserir seus sintomas em um sistema de inteligência artificial. A ferramenta apresentou uma lista de possíveis condições, entre elas a paraplegia espástica hereditária. Ao levar essa hipótese ao clínico geral, exames genéticos confirmaram o diagnóstico.
A instituição de saúde responsável declarou lamentar a experiência da paciente. Profissionais da área médica orientam que informações obtidas por meio de ferramentas digitais devem sempre ser discutidas com especialistas, uma vez que estudos indicam que esses sistemas podem fornecer respostas tanto precisas quanto imprecisas, dificultando a avaliação de sua confiabilidade.
A jovem reconhece as dificuldades enfrentadas pelos profissionais no processo diagnóstico, mas afirma que recorreu à tecnologia por se sentir isolada ao longo da experiência. Desde a infância, apresentava dificuldades motoras, tendo nascido com uma alteração no quadril que exigiu cirurgias ainda bebê. Na fase escolar, também apresentava problemas de equilíbrio, sendo investigada para distúrbios de coordenação, hipótese posteriormente descartada.
Aos dezenove anos, sofreu um desmaio seguido de convulsão no ambiente de trabalho, sendo diagnosticada com ansiedade, apesar de não possuir histórico compatível. Anos depois, recebeu diagnóstico de epilepsia e iniciou tratamento medicamentoso. Contudo, em 2024, voltou a apresentar agravamento dos sintomas, com novas convulsões e dificuldade para manter o uso da medicação.
Posteriormente, passou a ter dificuldades para caminhar e recebeu diagnóstico equivocado de uma condição neurológica associada a crises epilépticas, caracterizada por paralisia temporária. Em janeiro de 2025, sofreu uma queda de escada, o que resultou em internação hospitalar por três meses, sem conclusão diagnóstica.
Em julho do mesmo ano, uma nova convulsão grave a deixou em coma por três dias. Após a recuperação, foi informada por um médico de que não apresentava epilepsia, mas sim ansiedade. Diante dessa situação, decidiu recorrer novamente ao chatbot, que sugeriu hipótese correta.
Após refletir sobre a possibilidade, buscou avaliação médica, e o clínico considerou a hipótese plausível. Os exames confirmaram o diagnóstico, trazendo finalmente uma explicação para os sintomas.
Não há dados precisos sobre a incidência dessa condição, em parte devido à dificuldade de diagnóstico. Seus sintomas podem ser manejados com fisioterapia. Atualmente, a jovem utiliza cadeira de rodas e não pode mais exercer sua profissão anterior, voltada ao ensino de alunos com necessidades especiais.
Diante desse novo cenário, decidiu redirecionar sua trajetória profissional, iniciando estudos em psicologia, com o objetivo de continuar contribuindo para o cuidado com outras pessoas.
Especialistas destacam que a prática médica enfrenta o desafio de lidar com amplo volume de conhecimento, especialmente em sistemas de saúde sobrecarregados. Nesse contexto, a participação ativa dos pacientes, trazendo informações e questionamentos, contribui para diagnósticos mais precisos, desde que haja abertura para o diálogo por parte dos profissionais.
Ferramentas de inteligência artificial vêm sendo incorporadas ao cotidiano, inclusive na área da saúde, embora seu uso ainda gere debates. Estudos indicam que esses sistemas podem oferecer orientações inconsistentes, o que representa risco quando utilizados de forma isolada.
Recentemente, foi lançada uma funcionalidade voltada à análise de registros médicos e oferta de respostas mais refinadas, embora não destinada a diagnóstico ou tratamento. Ainda assim, milhões de pessoas utilizam semanalmente esses recursos para obter informações sobre saúde e bem-estar.
Há preocupações quanto ao uso de dados sensíveis, embora as empresas responsáveis afirmem que essas ferramentas foram desenvolvidas para auxiliar, e não substituir, o atendimento médico. Não há previsão clara sobre a expansão desses recursos para outros países.
Enquanto o debate permanece em curso, cresce o número de pessoas que recorrem à inteligência artificial para diversas finalidades, incluindo a busca por orientação em questões de saúde, como ocorreu no caso dessa jovem, cuja experiência evidencia tanto o potencial quanto os limites dessas tecnologias.
https://www.bbc.com/portuguese/articles/c5yvjyzpznko.adaptado.
Não há dados precisos sobre a incidência dessa condição, em parte devido à dificuldade de diagnóstico.
Assinale a alternativa CORRETA quanto à sintaxe da oração apresentada.