Questões de Concurso Comentadas sobre interpretação de texto | comprensión de lectura em espanhol

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Q864113 Espanhol
De acuerdo con el texto, el autor
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Q864110 Espanhol
De acuerdo a las informaciones del texto, González es
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Q864109 Espanhol
Del diálogo se desprende que Mario
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Q864107 Espanhol
De acuerdo con el contenido del diálogo,
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Q864104 Espanhol

      Los aprendices brasileños de español, al partir de su lengua materna, por la proximidad de las lenguas, experimentan un éxito inicial que muchas veces se vuelve problemático en la reorganización de su interlengua, al avanzar en su proceso de aprendizaje de la lengua meta. Uno de los ejemplos más llamativos de la transferencia negativa, verdadera desventaja de la proximidad de lenguas, son los errores en el uso de las formas de tratamiento. En el ámbito teórico de lo morfológico, todo parece estar claro: tanto el portugués como el castellano presentan dos subsistemas de formas de tratamiento informal y formal. Los problemas aparecen en la práctica. Los aprendices brasileños suelen utilizar la forma “usted”, pero no con intención de formalidad o distancia social, sino por analogía formal del pronombre “você” que, en Brasil, posee carácter de informal. Nos encontramos ante formas etimológicamente iguales, pero que se han especializado en subsistemas distintos en ambas lenguas. El tema se complica porque en el llamado español peninsular se conserva, para el plural, la oposición vosotros(as)/ustedes, cosa que no ocurre en el llamado español de América ya que allí se encuentra generalizado el uso de “ustedes” para ambos registros, siendo raro el uso de “vosotros”. También, en zonas amplias de esta región existe, compitiendo con “tú”, la forma pronominal “vos”, generando el fenómeno conocido como “voseo”.

José Antonio Pérez. Cuantificadores. Enfoque contrastivo español–portugués. Embajada de España. Conserjería de Educación. Brasilia, 2004, p. 32 (con adaptaciones).

Considerando las informaciones presentadas en el texto, las dificultades en el uso de las formas de tratamiento del español, en el caso de los aprendices brasileños, son motivadas por
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Q864103 Espanhol

      Los aprendices brasileños de español, al partir de su lengua materna, por la proximidad de las lenguas, experimentan un éxito inicial que muchas veces se vuelve problemático en la reorganización de su interlengua, al avanzar en su proceso de aprendizaje de la lengua meta. Uno de los ejemplos más llamativos de la transferencia negativa, verdadera desventaja de la proximidad de lenguas, son los errores en el uso de las formas de tratamiento. En el ámbito teórico de lo morfológico, todo parece estar claro: tanto el portugués como el castellano presentan dos subsistemas de formas de tratamiento informal y formal. Los problemas aparecen en la práctica. Los aprendices brasileños suelen utilizar la forma “usted”, pero no con intención de formalidad o distancia social, sino por analogía formal del pronombre “você” que, en Brasil, posee carácter de informal. Nos encontramos ante formas etimológicamente iguales, pero que se han especializado en subsistemas distintos en ambas lenguas. El tema se complica porque en el llamado español peninsular se conserva, para el plural, la oposición vosotros(as)/ustedes, cosa que no ocurre en el llamado español de América ya que allí se encuentra generalizado el uso de “ustedes” para ambos registros, siendo raro el uso de “vosotros”. También, en zonas amplias de esta región existe, compitiendo con “tú”, la forma pronominal “vos”, generando el fenómeno conocido como “voseo”.

José Antonio Pérez. Cuantificadores. Enfoque contrastivo español–portugués. Embajada de España. Conserjería de Educación. Brasilia, 2004, p. 32 (con adaptaciones).

La lengua materna a la que se refiere el texto es
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Q864099 Espanhol
Según el texto, señale la opción correcta.
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Q864098 Espanhol
Según el texto, la expresión “Las palabras no son neutras” (ℓ.10-11) está referida
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Q864096 Espanhol
El objetivo central del texto es
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Q864093 Espanhol
La expresión “Ya no son sino pasado” (ℓ.7), referida a las naciones europeas, significa que éstas
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Q864090 Espanhol
El texto aboga por
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Q864089 Espanhol
Según el texto, Chick Corea
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Q864087 Espanhol
Es correcto inferir que el texto fue escrito
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Q864084 Espanhol
El texto tiene como función central
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Q864083 Espanhol
La escena descrita en el primer párrafo del texto tiene lugar
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Q864080 Espanhol
En “lo hace imposible” (ℓ.9), el elemento “lo” se refiere
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Q864076 Espanhol

                            La bahía (fragmento)


      Yo casi no tuve infancia metropolitana.

      Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas — cada segundo desplazadas —, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano.

      Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste, imaginativamente, era, para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica no recogía prebenda; si había qué cobrar, tomaba; si había que dar, daba; a los doce años comencé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio; venían a mirarlo en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro, las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a buscar consejo.

      El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, sólo se escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar las arenas. Sólo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación.

      Ni una pradera en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver sus enfermos. El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor, mientras fuera soplaba la tormenta.

      Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde afuera un eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de provincia! Estábamos en pleno desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al páramo, al viento, a la arena.

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz, S.A., 1962, p. 141-2. (con adaptaciones).

De acuerdo con su forma y contenido se puede clasificar el texto como
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Q864075 Espanhol

                            La bahía (fragmento)


      Yo casi no tuve infancia metropolitana.

      Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas — cada segundo desplazadas —, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano.

      Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste, imaginativamente, era, para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica no recogía prebenda; si había qué cobrar, tomaba; si había que dar, daba; a los doce años comencé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio; venían a mirarlo en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro, las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a buscar consejo.

      El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, sólo se escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar las arenas. Sólo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación.

      Ni una pradera en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver sus enfermos. El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor, mientras fuera soplaba la tormenta.

      Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde afuera un eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de provincia! Estábamos en pleno desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al páramo, al viento, a la arena.

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz, S.A., 1962, p. 141-2. (con adaptaciones).

El texto refleja una imagen
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Q864074 Espanhol

                            La bahía (fragmento)


      Yo casi no tuve infancia metropolitana.

      Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas — cada segundo desplazadas —, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano.

      Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste, imaginativamente, era, para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica no recogía prebenda; si había qué cobrar, tomaba; si había que dar, daba; a los doce años comencé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio; venían a mirarlo en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro, las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a buscar consejo.

      El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, sólo se escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar las arenas. Sólo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación.

      Ni una pradera en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver sus enfermos. El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor, mientras fuera soplaba la tormenta.

      Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde afuera un eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de provincia! Estábamos en pleno desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al páramo, al viento, a la arena.

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz, S.A., 1962, p. 141-2. (con adaptaciones).

El lenguaje del texto se puede clasificar como
Alternativas
Q864073 Espanhol

                            La bahía (fragmento)


      Yo casi no tuve infancia metropolitana.

      Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas — cada segundo desplazadas —, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano.

      Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste, imaginativamente, era, para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica no recogía prebenda; si había qué cobrar, tomaba; si había que dar, daba; a los doce años comencé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio; venían a mirarlo en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro, las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a buscar consejo.

      El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, sólo se escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar las arenas. Sólo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación.

      Ni una pradera en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver sus enfermos. El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor, mientras fuera soplaba la tormenta.

      Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde afuera un eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de provincia! Estábamos en pleno desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al páramo, al viento, a la arena.

Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz, S.A., 1962, p. 141-2. (con adaptaciones).

El autor habla, según la interpretación del texto
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1321: E
1322: D
1323: C
1324: A
1325: E
1326: C
1327: A
1328: C
1329: C
1330: C
1331: C
1332: D
1333: B
1334: A
1335: A
1336: D
1337: E
1338: B
1339: D
1340: E